El paquete completo

El paquete completo
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Fotografía vía Getty

 

Por: Valeria Galván 

 

Él quería una guapa rubia de 1.70 y ojos azules “tipo nórdica, ya sabes”. Así lo expresaba a todo aquel que lo conocía y lo consideraba ‘El hombre perfecto’.

 

Tenía tantas amigas guapas, modelos, altas, delgadas ¡podía escoger a cualquiera! Todas le escribían en Hi5 –sí, era la moda en aquellos años de universidad, antes del ´face´. Algunas lo llamaban muñequito, otras le daban ´toques´, ´me gustas´, ´guapo, ´lindo´o le dejaban besos en el muro y unas cuantas lo desdeñaban por considerarlo un sangrón, pero se alimentaban el ego diciendo que las había invitado a salir.

 

Tomé dos o tres clases con él, pero mis kilos de más no me ponían en el aparador central de su atención. Ni siquiera sabía que existía y a mí no me importaba. Lo ubicaba porque se parecía, al que se había robado mi corazón en mi dulce pubertad. Fuera de eso, era el ‘chavito mamuco de mi clase de informática´.

 

Un día las vueltas de la vida nos pusieron en una nueva clase juntos y mis kilos de más, se habían convertido en kilos de menos. Me había sometido a una dieta libre de alimentos – No, no es chiste. Mi dieta consistía en comer lo menos posible- y me convertí en delgada y en automático en ‘guapa’.

 

Entré al salón en jeans ajustados, botas altas de piel, blusa con escote y chaleco embarrado. ¡Ahí estaba! El mismo ´chavito mamuco´ que cuatrimestres atrás, le había hecho el feo a mi exposición de `página web sobre la cura contra el vitiligo´.

 

Se le estaba cayendo la baba y me siguió con la mirada mientras mi contoneo le decía – No dejes de mirar, ya me di cuenta que me estás viendo y me voy a seguir moviendo-

 

-¿Si éste incauto supiera que mi versión favorita de mí es la de los domingos sin bañarme en pijama me vería de la misma manera?- Me reí y me senté lo mas lejos posible de él para poder observarlo sin que se diera cuenta.

 

No lo volví a ver, tampoco me pregunté por él. Pasaron los meses y con ellos una bola de malas citas que me dejaron sin ganas de salir con nadie o de tener novio. -¡Los hombres son horribles!- Pensé durante seis meses hasta que la necedad de una amiga le dio un giro a mi vida.

 

Erika estaba obsesionada con la idea de que uno de sus mejores amigos y yo estábamos hechos el uno para el otro. —Lo más seguro es que tú le gustes más que él a ti— me decía cada vez que tocábamos el tema mientras yo dejaba la mirada en blanco.

 

¡Por fin conocí al mentado amiguito! Era el mismo `chavito mamuco´ pero ya tenía nombre y el nombre igual de mamuco que él, pues era de ascendencia alemana.

 

Hablamos, nos conectamos, nos reímos, bailamos y coqueteamos durante dos horas —no soy tan difícil a la mera hora—. Me pidió mi teléfono, me invitó a salir, a comer, a patinar, me robó unos besos y me pidió que fuera su novia.

 

Cabe aclarar que durante el párrafo anterior, me conquistó verdaderamente, pues no era sólo uno chavito bonito y mamuco. Era un hombre como no había conocido a otro, con ideas, valores y una extraordinaria inteligencia emocional.

 

¡Estaba enamorada! Con reservas, pero enamorada.

 

Tres meses de relación feliz y ¡pum! El primer pleitazo, causa de su `Stupid mouth´ como dice la canción de John Mayer. Me dejó saber que su máximo en la vida eran las flacuchas de 1.70, rubias y de ojos azules. Comentarios de —serías perfecta si… yo sé que no tienes muchas boobies pero… a la de la oficina que las tiene operadas… mi vecina de buenas piernas en la oficia…— mi cabeza daba vueltas y yo me sentía la cosa (sí, ‘cosa’) más horrible del mundo.

 

Un día después de cinco meses de relación, pleitos de cada fin de semana y un correo que llegó a mis manos sin querer con el que supuse que él tenía intenciones de entablar relación de no sé que tipo con su `vecina de oficina´ lo mandé a volar.

 

No lo pensé mucho y mi lógica decía -¿Qué haces con alguien a quien no le gustas y siempre está pensando que podrías estar mejor?

 

Después de una hermosa carta escrita con sus manitas, un discurso de príncipe azul, promesas y te juro yo estaba como Magdalena reflexionando y llegó eso que nunca me había dicho.

 

“Eres increíblemente guapa y nunca había conocido a nadie como tú. Te encontré y no estoy dispuesto a perderte. Simplemente no te voy a dejar ir, hagas lo que hagas”.

 

Dejé pasar dos minutos que a él le parecieron 20 y lo solté. —Pero, ¿qué hay con tu sueño de mujer? Yo no soy tan guapa. Apenas paso del metro y medio, tengo el pelo negro, estoy medio escuálida y soy morena. No soy una modelo nórdica como la que estabas buscando. ¿Qué haces conmigo?

 

¡Y que lo suelta!: “Te explico, todos tenemos un ideal físico porque los hombres somos muy visuales. Pero a nuestro ideal visual no lo conocemos. Tu eres lista, sexy, segura, con carácter, divertida, ingeniosa y eres preciosa, tienes los ojos mas bonitos que he conocido en mi vida, amo tu boca y tus manitas, amo que eres pequeña y puedo cargarte y cuidarte. Tu color de piel combina con todo lo que te pongas y eres muy sensible, eres hermosa por dentro y por fuera. Eres una belleza única, un paquete completo”.

 

¿Belleza única? Hasta ese momento en mi vida nunca había escuchado ese término. ¿Paquete completo? Me sentí un Mctrío del día. Más bien una cajita (muy) feliz.

 

Lo que mi noviecito `mamuco —a quien hoy en día llamo #Elhombre— quiso decir, es que la belleza radica en todo lo que nos hace únicas, las cualidades que definen lo que hacemos y como lo hacemos. No sólo el hecho de tener una cara bonita y un cuerpo buenísimo. Eso es visual y con el tiempo se acaba, se olvida o se deja de antojar.

 

Un cuerpo y una cara de modelo no es sinónimo de conversaciones interesantes, conexión espiritual y momentos sensuales o divertidos. Es sólo el complemento de lo que puede ser un `paquete completo´ que hace que un hombre te ame durante ocho años continuos y siga luchando cada día para hacerte feliz.

 

¡Amén! (y punto).

 

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