Lo sublime de la bestia

Lo sublime de la bestia

Por: Valeria Galván

 

Inmediatamente supuse que no eran esposos ni novios, su forma arrebatadora al besarla los delató. Se abrazaron fuertemente como si no se hubieran visto en semanas. Decir años sería exagerado para la duración del abrazo.

 

Ella es ligeramente mayor que él, unos tres o cuatro años, de nariz aguileña, ojos grandes y cabello castaño, viste traje gris, por lo que intuyo trabaja muy cerca de aquí en alguna aburrida y hostil oficina. Él viste un traje negro brilloso de mal gusto, su peinado es de oficinista aspirante a jefe. Relamido con gel de farmacia que todos usan en la primaria pero nadie lo acepta.

 

Se levantó de la pequeña mesa del “recinto cafetero” que convoca a zorras de edad media en minifalda y de la mano de un triste hombre de avanzada edad que seguramente usa viagra para satisfacerla. Típicas “mundo adentro” que usan tenis de correr con falda de encaje, gorditos hambrientos y perras hijas de puta que se divierten escribiendo sobre la vida de los demás porque no tienen otra cosa que hacer. En realidad si tienen cosas que hacer pero se encuentran muy entretenidas escribiendo de manera despectiva sobre la vida de los demás.

 

¿En qué me quedé? Se levantó. El joven de nariz grande y ojos pequeños pidió un café del día, un capuccino y un algo para compartir con la niña de sus ojos.

 

Se acercó a la mesa, acarició su mejilla mientras ella lo veía desde abajo, apasionada, enamorada, fuera de sí, en éxtasis total mientras la música alterno-comercial sonaba y nadie escuchaba.

 

Lo viví con ellos, se vieron por segundos, siete para ser exacta y para mí ¡fueron horas! Bésame, bésame le decía con la mirada encendida. Bésala, bésala, necesito más historia, estoy muy divertida y si supieras que estoy escribiendo sobre ti en forma burlona, tomarías a la mujercilla de la mano y saldrías corriendo.

 

¡La besó! ¡Sí, señor! 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10… una mordida a mi grasoso pan de maple con trozos de tocino para disfrutar de la escena que a continuación se describe.

 

¡Achú! ¡Achú! Un imbécil estornuda y me interrumpe… 1, 2, 3, 4… bien ¿Dónde estaba?

 

Sus labios de apartaron y esa cabeza llena de gel se levantó para dejarme ver la mirada en blanco de ella. ¡cómo besará aquel hombre del traje brilloso!

 

Sus miradas se encontraron nuevamente, mientras ella sonreía. Se sentó frente a ella y comenzaron a hablar de trabajo, o por lo menos ese se ve desde 3 metros atrás.

 

Ella podría verme, podría percatarse de que escribo y sonrío, de que los veo y sonrío.

 

Pero la tensión sexual que ambos transmiten es más fuerte y no se dan cuenta de que no están solos, no se dan cuenta de que hay zorras de minifalda con viejitos que usan viagra, gorditos hambrientos y perras hijas de puta que escriben sobre los demás y se burlan.

 

No es burla, no es sarcasmo. Puritita envidia, sin la más mínima intención de reconocerlo.

 

Lo que viven y sienten el del traje brilloso, la del traje gris no es novedad, no es algo que nunca haya vivido, la más sublime expresión del instinto de una bestia doblegada por el hombre.

 

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